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¿Cómo educar a los hijos de manera efectiva?

Tal y como introducíamos en el anterior artículo, todos sabemos que es necesario reforzar y castigar para educar a los niños y a los adolescentes. Aun así, el principal problema es hacerlo de manera adecuada y adaptada a cada situación o momento. Siguiendo el guión anterior, vamos a definir el concepto contrario al refuerzo, el castigo, y ver aquellas pautas básicas que se han de tener en cuenta a la hora de aplicarlo.

Castigar es proporcionar consecuencias negativas después de una determinada conducta indeseable. Es decir, cuando les quitamos algo que les gusta, por ejemplo, menos tiempo en la televisión; o cuando le añadimos algo que no les gusta, como podría ser hacerles copiar un frase. Con todo ello, el objetivo que se espera es que el niño aprenda que su conducta va seguida de consecuencias negativas para él, de manera, que disminuya estos comportamientos. Para ello, es necesario, que antes de castigar o justo en el momento de hacerlo se le explique claramente el motivo por el que esta siendo castigado, es decir, que él mismo sepa que límite ha traspasado.

Al igual que en el refuerzo, existen diferentes tipos de castigos. Por un lado, tenemos los castigos materiales (una chuche, dinero,…); los sociales (una reprimenda, un sermón,…) o los de actividad (menos tiempo en la televisión, no jugar con la consola,…).

De esta manera, las pautas básicas a la hora de castigar serían:

  • Las normas o los límites han de ser claros y los niños y adolescentes han de ser conscientes de ello.

Por ejemplo, cuando decimos que han de sacar la basura, a lo mejor ellos consideran que pueden hacerlo después de cenar,  pero nosotros queremos que lo hagan antes, motivo por el que se puede considerar que la norma no se ha cumplido, siendo así castigado. En estos casos, como en los demás, los dos habéis de seguir el mismo guión, es decir, los dos debéis tener claro a qué momento hace referencia el hecho de sacar la basura.

  • Los castigos han de estar relacionados con la falta que han cometido y ser proporcionales a ésta. No debemos castigarles porque hemos perdido el control, hemos de hacerlo según los límites que creamos que ellos pueden aceptar y relacionándolo con lo que ellos había hecho.

Por ejemplo, si un adolescente deja el lavabo encharcado después de ducharse, no le prohibiremos que vea la televisión o le haremos limpiar todo el piso, lo más adecuado sería que él mismo limpiase el lavabo y el estropicio.

  • Cuando decidimos aplicar un castigo, hemos de ser consistentes con él, en el sentido que hemos de mantener el castigo, sin ceder a las súplicas o a los lloros. Hay momentos en que puede resultar muy difícil, pero si no nos vemos capaces de cumplirlo, no merece la pena castigarles ya que ellos consideraran que “se han salido con la suya”. Por ello, enfatizar que no merece la pena castigar con algo que no se puede cumplir.
  • Cada vez que se dé esa misma conducta, debe producirse el castigo. Es decir, ser coherentes y sistemáticos con nuestros actos para que ellos aprendan los límites adecuados. Asimismo, si les pedimos que se comporten de una determinada manera, nosotros hemos de ser ejemplo a seguir. Se ha de evitar pedirles que no utilicen palabras malsonantes, si nosotros somos los primeros en utilizarlas delante suyo.

Se ha de destacar que el efecto de los castigos solo está presente durante un periodo de tiempo limitado y, normalmente, solo en presencia de la persona que suele imponer el castigo. Por ello, es importante que además de castigar se le enseñen conductas alternativas o adecuadas. Es decir, no solo se ha de reprimir la conducta indeseable, sino que también se le ha de modelar dentro de nuevas habilidades para que pueda adquirir otras maneras de solucionar los problemas o de enfrentarse a esa situación.

Asimismo, destacar el hecho que un castigo es como un “borrón y cuenta nueva”. No se ha de ir acumulando la rabia o la impotencia. Se ha de actuar en el momento oportuno y cuanto antes mejor. En definitiva, “has cruzado el límite marcado y, por ello, te he castigado y tú has cumplido dicho castigo. Ahora, empezamos de cero, si te portas bien tendrás tu premio y si vuelves a cruzar el limite, el castigo se repetirá”.

Finalmente, recalcar que siempre se ha de intentar educar en la perspectiva positiva. Ellos han de saber los límites y las normas para poderlas seguir, pero tenemos la tendencia de fijarnos solo en los aspectos negativos de todo lo que hacen y, frecuentemente, olvidamos los momentos buenos. Para educar es esencial conocer las normas y seguirlas; felicitando cuando las cumplen y señalando cuando no lo han hecho, pero recordándoles el porqué y que se esperaba de ellos.

Concluyendo un castigo, en el fondo, solo es una manera de inhibir una conducta. Pero, posiblemente, más importante que el hecho de dejar de actuar de una determinada manera, es el hecho de que aprendan desde pequeños a moverse por el mundo con habilidades adecuadas. Por ello, todo castigo ha de ir seguido de un aprendizaje ya sea de nuevas habilidades o de nuevas normas.

                                                                                                                                    Cristina Garcia